Una historia con moraleja:
Se cuenta que un jeque tribal se casó con una mujer de noble linaje que le dio cinco hijas. Estas hijas heredaron sabiduría y belleza de su madre, y valentía y generosidad de su padre. Como es costumbre entre las tribus, el jeque busca un heredero para perpetuar su nombre y transmitir sus virtudes. Este heredero debe ser varón para sucederle en la administración de los asuntos de la tribu tras su muerte, no mujer. Así pues, decidió volver a casarse, y su esposa no se opuso, pues esto se consideraba su derecho según la tradición cultural tribal, dada su incapacidad para tener un hijo. Se casó con una muchacha sencilla de otra tribu, sin indagar sobre su linaje ni sus cualidades; su única preocupación era si su familia tenía hijos varones. Tras la boda, la primera esposa decidió abandonar a su marido y regresar con su familia, llevándose consigo a sus hijas, porque sentía que su coesposa no era digna de ella y temía la traición del destino.
Temiendo por la seguridad de sus hijas ante la astucia de su madrastra,
y conociendo su buen juicio, el jeque no se opuso, pues ella lo había convencido de que solo sería un viaje corto. En efecto, se marchó y nunca regresó, a pesar de sus intentos por traerla de vuelta junto con sus hijas. Lleno de alegría por la llegada del heredero, se olvidó por completo de ella y sus hijas. Mientras tanto, los tíos maternos de las niñas les habían inculcado valor, caballerosidad y todas las cualidades de una jequesa —sabiduría y astucia— hasta que se convirtieron en jóvenes
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